¡Allí está, detrás del trono, la naranja que perdí!

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El Mono Liso tenía una naranja, que mucho le costó conseguir, que mucho cuidó, que mucho entrenó.

Pero una noche, entró un ladrón y se la robó.

Mono Liso acudió al Rey a quejarse por el robo, en busca de justicia.

El Rey le miente que Otro es responsable de sus males. Le miente porque sí, pero con frenesí.

Y en ese momento, Mono Liso hace un descubrimiento sorprendente: la naranja está detrás del trono, secuestrada por el mismísimo Rey.

Como siempre, la genial María Elena Walsh, desliza en una canción, supuestamente infantil, una profunda lección política.

Nosotros, aquí, vamos a buscarle una lectura jurídico-constitucional.

Nuestras libertades públicas son permanentemente vulneradas. Los laureles libertarios que supimos conseguir son birlados en la noche. Nuestros derechos civiles, verdaderas áreas exentas del individuo, son invadidos por el Estado.

Y nos costó conquistarlos, nos costó aprender a usarlos y defenderlos, mucho nos costó cuidarlos, frente al Estado omnipotente de las monarquías absolutas.

Pero en la noche de los tiempos, actualmente, en distintas partes del mundo, incluso asegurando que pretenden defenderlos, nos están robando nuestras libertades.

No podemos disponer sobre nuestros propios cuerpos, no podemos constituir las familias que deseamos, no podemos consumir aquello que deseamos aunque nos dañe, no podemos decidir si ser padres o no, no podemos elegir contra lo que el Estado considera deseable.

Y tenemos la tonta pretensión civilizada de recurrir al mismo Estado para que nos asegure la justicia, el recupero de nuestra dorada naranja. Pero siempre fui un tonto, que creyó en la legalidad…

Y nuestros gobernantes, con esa infantil perseverancia que cultivan, juran perjurando que ellos no son los responsables, que son otros los culpables: las circunstancias, otros estados, los demás políticos, los demás ciudadanos, la oculta sinarquía, e incluso las mismas víctimas. Nunca ellos, nunca el gobierno es responsable de nuestra pérdida.

Es entonces donde debemos abrir los ojos: debemos advertir que nuestra perdida naranja está DETRÁS DEL TRONO.

Es triste, pero debería ser esperable.

El Estado nos está robando las libertades personales. Cada vez más su presencia aminora nuestro ámbito de libre albedrío. Estamos retrocediendo, nos estamos medievalizando.

Tenemos que recuperar nuestra anaranjada libertad, tenemos que sacarla de donde la tienen escondida, detrás del trono, reconquistarla de las garras del Estado, y volver a ser individuos libres, con amplios márgenes de acción.

Quizás no sea fácil, quizás haya que luchar contra este Estado que se pretende trascendente, superior al individuo, capaz de decidir contra todos.

Pero tenemos que intentarlo, la libertad es más valiosa que cualquier otro bien.

Por eso es imprescindible tomar conciencia, ver, y luego gritar ‘¡allí está, detrás del trono, la naranja que perdí!’.

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